La conclusión sobre el fin de la civilización burguesa se deriva de tres discusiones: 1. El agotamiento estructural de las instituciones básicas del sistema burgués; 2. la aparición de las estructuras constitutivas en el seno de la nueva civilización postburguesa en la sociedad global contemporánea y, 3. la lógica de la evolución social de la humanidad.

La economía nacional de mercado
Al científico Arno Peters pertenece el merito de haber descubierto el principio de la futura economía socialista, partiendo de las deficiencias estructurales de la economía nacional de mercado.
De su magistral exposición del tema en la obra, Fin del Capitalismo Global. El Nuevo Proyecto Histórico, reproducimos textualmente la siguiente parte.2
La economía, como cualquier otro fenómeno del presente, sólo puede comprenderse como resultado de su evolución. Se basa en el trabajo de todas las generaciones anteriores y es, por sí misma, base de la vida de las futuras. Con todo eso, igual que la técnica, la política, el derecho, la moral, la ciencia y el arte, la economía está relacionada de diversas maneras con la evolución histórica, e influenciada y creada por la misma. Por esta razón, a cada etapa de la evolución del hombre corresponde una determinada economía. Para contestar la pregunta, si hoy en día nuestra economía está organizada razonablemente y si la gran cantidad de teorías económicas actuales y su aplicación son adecuadas para nuestra época, tendremos que contemplar el desarrollo de la humanidad bajo el aspecto particular de la economía.

Si entendemos “la economía” como el conjunto de todas las actividades e instituciones, dedicadas a satisfacer las necesidades generales, el inicio de nuestra economía data de aproximadamente ochocientos mil años atrás, cuando se fabricaron las primeras herramientas rudimentarias. Hasta esa fecha, los hombres vivieron como los animales de la naturaleza que los rodeaba. Después empezaron a transformar los objetos y materiales que encontraban para hacerlos servibles para sus fines. Con esta transformación de la naturaleza mediante el trabajo, empieza la historia de la economía. El don de observación, la energía y la habilidad manual capacitan al hombre para tener pronto una actividad ordenada. [...] Con el perfeccionamiento de las herramientas se inicia un primer reparto de tareas dentro de la familia y la tribu. Al cuchillo, cincel y aguja de coser se unen el anzuelo, la lanza, el arpón, el arco y la flecha. Los hombres se convierten en cazadores, las mujeres recolectan bayas, nueces, tubérculos y frutas, y cuidan a los niños. Esta fase de la división de las actividades intrafamiliares empezó hace aproximadamente ochenta mil años, cuando el hombre dio los primeros pasos para protegerse de la inclemencia del tiempo, con ropa de piel de fabricación propia.

Hace aproximadamente doce mil años, la domesticación y cría de animales, así como el descubrimiento de la agricultura, condujeron a una nueva fase de la historia de la economía. El hombre empezó a producir sus propios alimentos. [...] Aunque la cantidad de su alimento varía de cosecha en cosecha, ya no varía de día en día. Su existencia se vuelve más segura. El hombre construye cabañas y casas para sus provisiones y para sí mismo: se establece. También las relaciones con su propia especie se vuelven más estables. Los alimentos sobrantes se canjean por otros productos (como pedernal, cobre, bronce, recipientes de barro). Surgen aldeas. Su economía se concentra en cubrir las necesidades de la familia y de la tribu. Las herramientas y las armas son propiedad personal, la tierra es propiedad común. El trueque de los bienes sigue realizándose por los productores mismos.
Con el aseguramiento de la alimentación y la construcción de aldeas estables aumenta la población. La producción y el consumo se vuelven más variados, la gente desea productos que se
encuentran más lejos, mayores distancias se interponen entre productor y consumidor. Así resulta la necesidad del transporte, del almacenaje y de la distribución de los productos a intercambiar. [...]
Como encargados de los productores, se llevan bienes a los consumidores, y reciben otros a cambio, los cuales regresan a los productores. Más adelante compran los productos a los productores y los entregan a los consumidores por cuenta propia, lo cual les rinde mayores beneficios que los que pudieron obtener por su servicio de transporte, almacenamiento y distribución. A cambio, ellos asumen el riesgo de que las mercancías se puedan echar a perder, ser robadas o encuentren un cliente sólo después de largos tiempos de espera. En las pocas comunidades que habían progresado hacia la agricultura y la ganadería, esta transición del trueque al comercio comenzó hace aproximadamente siete mil años. Al mismo tiempo empezó a surgir el oficio del guerrero, cuya tarea consistía en la subyugación y el expolio de otras tribus, así como la protección de los parientes y de las provisiones de la propia tribu contra los intentos de sumisión y expolio por parte de otros.

Existen testimonios anteriores de combates entre tribus vecinas, también saqueos. Sin embargo, en esas acciones participaban todos los hombres de las tribus involucradas. El guerrero de oficio, sin embargo, igual que el comerciante ya no realiza ningún trabajo productivo para su propio sustento.
Estos oficios surgen al convertirse las primeras aldeas en ciudades y ciudades-Estados.
Hace más de cinco mil años, este nuevo orden económico, creado por el comercio y la guerra, se impuso en una parte tan grande del mundo poblado en aquel entonces, que podemos hablar del inicio de una nueva época, de la economía nacional, la cual lentamente dejó a un lado a la economía local. En este contexto, entendemos por “nación” a un ente estatal que ha crecido históricamente con su propia tradición y con orientación hegemónica; incluimos aquí entonces todas las comunidades que rebasan el marco de la autosuficiencia local, tal como se han sostenido desde la formación de las primeras ciudades-Estados hace cinco mil años, en su carácter y estructura, hasta la actualidad.

Esta nueva época, la economía nacional, comenzó alrededor del año 3000 antes de nuestra cronología, cuando en los valles de los ríos Nilo, Éufrates y Tigris, del Indos y del Huang-Ho se unió una mayor cantidad de gente para domar la fuerza de los ríos y usar el agua para sus fines. Mediante la construcción de diques, presas y canales convirtieron tierras áridas en campos fértiles y jardines florecientes. [...]

La creciente división de tareas mejora la calidad de los productos y produce un mayor rendimiento del trabajo. Fueron creadas nuevas profesiones. Los hombres ponen nombre a todas las cosas y también a ellos mismos. La palanca y la rueda multiplican su fuerza. El intercambio de mercancías y el comercio conducen a un tráfico regulado. Se construyen barcos en perfectas condiciones para navegar. La humanidad ha realizado la transición de la acción instintiva a una conducta meditada, ha entrado a la última etapa de su evolución. La elaboración de los metales abre el paso al razonamiento y al procedimiento técnico. La escritura hace que la
experiencia humana sea comunicable, sumable y heredable. La historia se vuelve transmisible y la obra creativa del hombre se vuelve inmortal. El comercio y la apropiación privada de la tierra conducen a una sumisión del hombre por el hombre. La orden y la obediencia entre patrón y subordinado ocupan el lugar de la vieja solidaridad entre hombres libres e iguales. Surge el Estado como un factor de orden estabilizante de una comunidad humana que se enfrenta de manera cada vez más hostil: poder y presión en el interior, guerra, robo, subyugación, explotación en las relaciones de las tribus y pueblos entre sí. La organización militar, también de la economía, reemplaza el crecimiento natural de la comunidad humana. Surgen la riqueza y la pobreza. La comprabilidad de todos los bienes y valores provoca la pérdida de la existencia integral del hombre: de esta manera, cada victoria por el camino del progreso se convierte en una derrota. La época de las máximas creaciones del hombre se convierte en la época de su más profunda humillación.

Cuando hoy, a fines del segundo e inicios del tercer milenio, miramos esa época de los cinco mil años que hemos dejado atrás, nos damos cuenta que ese tiempo, a través de todos los cambios de Estados, imperios, dinastías, religiones y sistemas sociales, lleva los mismos rasgos esenciales: el afán de obtener riquezas y poder, tal como lo trajo al mundo la aparición del comercio, la guerra y el despojo durante la transición de la economía local a la economía nacional. Esa transición, que se inició entre las pocas culturas desarrolladas de los grandes valles de los ríos, hace cinco mil años, tuvo lugar en el sur de Europa hace, aproximadamente, tres mil años; en el norte, mil quinientos años, y en la mayor parte de los países no-europeos apenas hace quinientos años, en el transcurso de la ocupación colonial por medio de las potencias europeas, y con los últimos, más retirados tribus y pueblos, apenas hace 100 ó 50 años. A pesar de que a través de toda la época de la economía nacional existieron islas de economía local, hoy día la inclusión de todas las familias, grupos étnicos, pueblos y Estados en la economía global de mercado, organizada por los ricos pueblos dominantes, ya es un hecho consumado.

¿La economía nacional ha dado buenos resultados? ¿Puede ser la base de la economía global que tenemos por delante? El siglo que está por terminar ha traído más avances científicos y técnicos que toda la historia mundial anterior. La producción en masa ha deparado productos, antes reservados para unos cuantos, a mucha gente. El tráfico y la comunicación han acercado más a los pueblos. Si hace cien años se necesitaban cuatro campesinos para alimentar a un habitante de la ciudad, ahora, la mecanización, el cultivo de plantas y la química han logrado que un campesino pueda alimentar a 25 personas. Aun así, en la Tierra prevalecen la carencia, la necesidad y la miseria. Mil millones de personas viven en prosperidad (una décima parte de ellas en la abundancia), tres mil millones en la pobreza, más de mil millones sufren hambre. Desde 1945, 600 millones de personas han muerto de hambre, esto es diez veces más que los muertos que causó la Segunda Guerra Mundial, y diariamente mueren 40 mil niños en el mundo por la misma razón, mientras nuestras bodegas rebosan y los Estados europeos pagan por la paralización de campos fértiles. Pero también en los países ricos existe la miseria: en los 12 Estados de la Unión Europea, 44 millones de personas viven en la pobreza, esto es el 14 por ciento de la población; en los Estados Unidos es el 10 por ciento de los “blancos” y el 31 por ciento de los “negros”. Y también ahí, los ricos se vuelven cada año más ricos. Exactamente, en Estados Unidos el ingreso del 20 por ciento más rico aumentó un 62 por ciento en los últimos 10 años, mientras, el ingreso del 20 por ciento más pobre de la población descendió en 14 por ciento. Esto quiere decir que la polarización en los países industrializados avanza de igual manera como sucede en la relación entre los países industrializados y los países en desarrollo.

En todo el mundo se necesitan productos y servicios de todo tipo urgentemente, pero a pesar de
ello, en Europa Occidental 35 millones de personas están sin empleo; en el mundo son 820 millones, casi un tercio de las personas en edad productiva. Y las corrientes globales de capital que se concentran crecientemente, no crean nuevos empleos ni valores materiales; ya no están enfocadas hacia la ganancia, sino únicamente a generar intereses. El volumen de los flujos de capital se ha multiplicado por diez en los últimos seis años. Ahora, más de un billón de dólares cambia de propietario diariamente en el mundo —sólo el uno por ciento de esta cantidad (diariamente diez mil millones) para las transacciones del comercio mundial— el noventa y nueve por ciento de las transacciones monetarias son netamente especulativas. Los activos de los bancos en el exterior se han cuadruplicado desde 1980: de 1.836 billones de dólares a más de ocho billones de dólares. [...]

El porcentaje de los puros ingresos por intereses, comparados con las ganancias de los empresarios, aumentó del siete por ciento en el año 1960 a casi sesenta por ciento. En los países más ricos, las personas consumen cuatrocientas veces más que la gente en los países más pobres, quiere decir, que los habitantes de Suiza consumen más en un solo día que los habitantes de Mozambique en todo un año. Todos estos son valores promedios. Los directores de las grandes empresas industriales en los países ricos, ganan tanto en un minuto como la gente en los
países pobres en toda su vida. Y los ingresos de los propietarios son más altos aún: un propietario de minas en Sudáfrica gana dos mil millones de dólares al año, esto es tres veces el ingreso anual de los cinco millones de habitantes del Chad.

Si la misión de la economía consiste en satisfacer las necesidades generales mediante una organización razonable del trabajo, entonces tenemos que constatar que nuestro sistema económico no cumple con su tarea. Tampoco existe ninguna esperanza de que la pueda cumplir en el futuro, porque está basada en el sistema de la economía de mercado, que tiene una tendencia inherente a beneficiar a los ricos y empobrecer a los marginados. Y esta polarización se ha intensificado aún más desde el fin del colonialismo político en los años sesenta del siglo XX, cuando mucha gente esperaba un cambio positivo. La participación del 20 por ciento más pobre de la población mundial en los ingresos mundiales ha disminuido del 2.3 por ciento al 1.4 por ciento en los últimos 20 años, mientras que la participación de los 20 por ciento más ricos se ha incrementado del 74 por ciento (1970) al 83 por ciento (1990). La cantidad de muertos por hambre ha llegado a los 40 millones anuales, pese a que la cosecha mundial de granos, 964 gramos por cabeza y día en promedio, sería suficiente para saciar el hambre de todos los seres humanos (necesidad diaria 750 grs.). Pero en Europa el 57 por ciento de los granos se utilizan como forraje y en Estados Unidos es el 70 por ciento.

No es el crecimiento demográfico, ni tampoco la naturaleza o el hombre quien tiene la culpa de la creciente miseria y del hambre en los países pobres, sino nuestro sistema económico, la economía de mercado, en la cual los productos y servicios no se intercambian a su valor, sino al precio del mercado mundial, el cual, desde los años sesenta, sigue beneficiando cada vez más a los países ricos industrializados. De esta manera, por una locomotora que Brasil pagó con 15 mil sacos de café hace 20 años, hoy en día tiene que pagar tres veces más (46 mil sacos de café). El valor de esa locomotora no se ha triplicado en esos veinte años, y el valor del café no ha disminuido. Sólo cambió el precio en el mercado mundial, el cual determina la relación de intercambio entre los productos industriales, ofrecidos en su mayoría por los países ricos, y los productos naturales, ofrecidos preponderantemente por los países pobres.

A pesar de que la rápida racionalización en los países industrializados debería abaratar los productos industriales, en relación con los productos naturales, lo cual significaría que los precios de los productos naturales en el mercado mundial deberían haber aumentado en comparación con los productos industriales, en 1990 los precios de los productos naturales (materias primas y productos agrícolas) habían bajado al 59 por ciento del precio que tenían en 1980. Consecuentemente, bajó la participación financiera de los países pobres en el comercio internacional del 43 por ciento (1980) al 26 por ciento (1990) —no cuantitativamente y no por su valor, sino por su precio en el mercado mundial, el cual se ha convertido en la palanca de explotación del mundo extraeuropeo desde el fin del colonialismo político.

Pero no sólo los tiempos del colonialismo político han terminado. La economía nacional que ha formado la economía del mundo durante cinco mil años, está llegando a su fin. El mundo está a punto de convertirse en un solo espacio vital. Estamos iniciando una nueva época de la historia de la economía, la época de la economía global. La transición que estamos presenciando en este momento fue preparada mediante los logros técnicos y científicos del último siglo y medio. El automóvil, el avión, una red de carreteras y vías ferroviarias que cubre todo el mundo, permiten que los hombres se acerquen más. También el intercambio de mercancías se vuelve más fácil y rápido. Con la electricidad, la energía se hace transportable. El petróleo, el gas natural, la fuerza nuclear, la fuerza hidráulica y solar abaratan la producción y el transporte mundial de las mercancías. Gracias al teléfono, la radio, la televisión que forman una red mundial, las personas se convierten en testigos simultáneos en todo el mundo. Un idioma llega a ser idioma mundial, varias monedas valen mundialmente. La racionalización y la automatización aumentan la productividad; la computarización con sistemas autoreproductores llega a una etapa que puede asegurar la base vital de todos los hombres con menos horas de trabajo. La precondición para lograr esa seguridad de vida general a escala mundial, es un sistema económico que pueda enfrentar esta tarea. La economía nacional vigente hasta nuestros días y la economía de mercado en la cual se basa, no es capaz de hacerlo.

¿Será posible modificar este sistema económico conforme a las necesidades de la economía global?
A continuación se mencionan los principios de la economía nacional, tal como se han concretado en los últimos siglos:

l) El objetivo de la economía es la prosperidad de la propia nación.

2) El Estado tiene la obligación de proteger los intereses de la economía hacia el exterior (derechos aduanales, impuestos, restricciones de importación), fomentarlos hacia el interior (disminución de impuestos, privilegios, subvenciones) y hacerlos valer vehementemente en todo el mundo (embargos, sanciones, guerra).

3) El Estado no debe limitar el libre desarrollo de la economía.

4) Los bienes raíces, los recursos naturales y los medios de producción son propiedad privada.

5) La estructura de la economía es jerárquica, todo poder de decisión está en manos de los propietarios de los medios de producción.

6) El tipo y la cantidad de producción, así como la distribución de las mercancías producidas, se regulan automáticamente mediante la oferta y la demanda (economía de mercado).

7) La economía de mercado basada en la libre competencia, conduce automáticamente a la armonía de los intereses individuales y sociales.

8) Por medio de la libre competencia, el precio de cada producto llega a su “nivel natural”, el cual, a largo plazo, equivale a su valor promedio.

9) El trabajo del ser humano es comprable, su precio se determina mediante la oferta y la demanda, igual que el precio de cualquier otro bien.

10) El afán individual de obtener ganancias es el último motor determinante de la economía.


Estas teorías de la economía de mercado no coinciden con la realidad (6,7,8) o describen una situación sin cuyo cambio la economía global no puede lograr su verdadero objetivo: el abastecimiento a todos los hombres de la tierra de los productos y servicios vitales (1,2,3,4,5,9,10).

Voltaire describió la esencia de los principios de la economía nacional, resumidos en estas diez oraciones, en una sola frase: “Claro está que un país sólo puede ganar cuando otro pierde”, y en nuestro siglo, Pareto lo dijo de la siguiente manera: “Nadie puede mejorar su posición sin empeorar la de otro.” Pero en la economía global, un país o un individuo no tienen el derecho de ganar a cuenta de otro. Sin embargo, ¿existe un sistema económico que se distinga de la economía de mercado en este punto decisivo? ¿Existe una alternativa para la economía nacional? Si analizamos la economía y su historia con respecto a la totalidad de los principios que crearon su base, encontramos sólo dos arquetipos: la economía equivalente, bajo cuyo régimen la humanidad ha vivido durante casi 800 mil años desde el inicio de su historia económica, y la economía noequivalente, la cual hace aproximadamente 6 mil años empezó a poner la economía sobre una nueva base, y que sometió a todo el mundo a su sistema. [...] Ambos arquetipos de economía son incompatibles de principio. [...] La total equivalencia entre Input y Output (insumo y producción – H.D.) es la característica de la economía equivalente, así como su inequivalencia es la característica de la economía no-equivalente.

Si la economía equivalente, como la forma original de la economía, es la única alternativa para la economía no-equivalente, misma que se está acabando frente a nuestros ojos, entonces tenemos que preguntarnos: ¿cómo surgió realmente nuestra actual economía no-equivalente, que no cumple con el verdadero objetivo de la economía: la satisfacción de las necesidades generales?

Regresemos entonces a los inicios de la teoría económica.
Aristóteles es el iniciador de la teoría científica de las categorías, como la lógica, que mediante los términos, decisiones y conclusiones correctos nos conduce a la esencia de las cosas. Independizó hace dos mil trescientos años las ciencias específicas, también la economía, y él es su primer teórico; teórico en el verdadero sentido de la palabra, el que encuentra y describe los principios de la realidad mediante la contemplación inteligente de la misma. Él ve la economía sobre el fondo de la política, la ética, el derecho y la historia. En la teoría económica del filósofo Aristóteles, “economía” es el nombre que se da al arte de la adquisición (Erwerbskunst) cuya sustancia es la creación de los medios que son necesarios para el sustento de la familia y el Estado, es decir, el cubrimiento de las necesidades. Por otra parte, Aristóteles describe un segundo tipo de arte de la adquisición, al contrario del primero, no es una pretensión de la naturaleza, sino que fue añadido artificialmente a ella. Este segundo tipo del arte de la adquisición no pertenece a la economía (Ökonomie), sino representa un fenómeno propio, la crematística (=enriquecimiento). “Como la crematística está relacionada con la economía”, dice el pensador griego, “mucha gente cree que son idénticas; pero no es así”.

En Grecia y en el Asia Menor, Aristóteles todavía llegó a conocer comunidades rurales, en donde las mercancías en su mayor parte o casi exclusivamente fueron trocadas directamente por sus productores sobre una base equivalente. Él dice al respecto: “Este trueque ni es contra la naturaleza, ni tampoco es una manera de conseguir dinero, ya que sirve solamente para complementar la independencia natural”. Después, el filósofo describe cómo con la aparición del dinero (las primeras monedas fueron acuñadas en el Asia Menor, trescientos años antes de Aristóteles) se inició el segundo tipo del arte de la adquisición, el comercio, el cual ya no está destinado al cubrimiento de las necesidades, sino sólo a obtener la mayor ganancia posible. Para Aristóteles, este enriquecimiento (crematística) es el uso antinatural de las habilidades humanas, un trastorno de la economía.

Luego, Aristóteles señala la insaciabilidad de la crematística: mientras que en la economía, la satisfacción de las necesidades tiene un límite natural, la crematística pretende incrementar su dinero hasta lo infinito: “Con razón es criticada”, dice el filósofo, “porque no se orienta en la naturaleza, sino sólo pretende la explotación. Se le junta el oficio de los usureros que es odiado por buenas razones porque obtiene su ganancia del dinero mismo y no de las cosas para cuya venta se inventó el dinero. Ya que éste sólo pretendía facilitar el intercambio, pero el interés provoca que éste se multiplique por sí solo. Por esta razón, tal tipo de adquisición es el que más atenta contra la naturaleza”. Finalmente rechaza el egoísmo, el cual culmina en la crematística, en forma general:
“El hecho de que cada cual se ame a sí mismo, está en nuestra naturaleza. Por otra parte, el egoísmo se critica con toda razón, ya que este no consiste en el amor propio, sino en que uno se quiere más de lo debido”. Para Aristóteles la economía no es autónoma, quiere decir que no tiene leyes que sean propias de ella misma. Por naturaleza, el ser humano es un ser que forma comunidades, que no encuentra su realización por sí solo, sino en el Estado. De esa manera, la economía de Aristóteles no deja de ser una teoría sobre el Estado y el ser humano. Por esta razón, para el filósofo, la ciencia más importante superior a cualquier otra, es la política, de la cual depende la economía, igual que la estrategia bélica o la retórica. Es por eso que Aristóteles no dedicó ningún estudio particular a la economía: ella forma parte de sus libros sobre ética y política.

En las teorías de Aristóteles se unieron y ordenaron los pensamientos de los filósofos griegos desde Pitágoras, en un todo. En consecuencia, su economía es la expresión resumida de la doctrina económica filosófica-política de esa época como de las respectivas escrituras sobre economía. También incluyen conocimientos y vistas de su maestro Platón y del maestro de éste, Sócrates, en sus teorías esenciales. Así la revelación de la insaciabilidad de la crematística como origen de la guerra: Platón describió las necesidades del hombre —alimento, albergue, ropa— y su satisfacción en la “ciudad con medida que a la vez es sana”. La comparó con la “ciudad de exceso”, donde se rebasan los límites de lo necesario y donde el afán de lucro conducen a la abundancia y el lujo. La tierra y el suelo que habían sido suficientes para las necesidades, ahora quedaron demasiado pequeños. “Entonces, tendremos que apropiarnos la tierra de los vecinos, y ellos también de la nuestra, y a partir de ahora tendremos que estar en guerra.” Y Platón concluye: “Hemos encontrado el origen de la guerra en aquello, cuya existencia para los Estados como para los ciudadanos en lo personal, es generalmente la causa de la desgracia”; la raíz de la crematística se ha apoderado de la economía. A partir de su principio de la prioridad del todo, la teoría de Platón de la economía sostiene que esta debe servir a la vida de todos y que nunca jamás debiera ser un instrumento para el Estado o para el individuo.

Sócrates, el maestro de Platón, ya había pronunciado el criterio determinante de la economía en su forma más general. “La mayor de las virtudes es la modestia”. Ese fue el rechazo de la desmesura, tal como había llegado a la economía por medio de la crematística. Todos esos conocimientos se integraron a las teorías económicas de Aristóteles, cuyas características más importantes quiero resumir de la siguiente manera:

1) Por naturaleza, el hombre es un ser que forma comunidades, se desenvuelve en el Estado y sus leyes.

2) La economía no tiene una función autónoma autodeterminada ante el Estado, sino sólo una función de servicio.

3) La función de la economía consiste en la satisfacción de las necesidades del ser humano.

4) Igual que las necesidades humanas, también el afán de ganancia de la economía tiene un límite natural.

5) Un complemento necesario de la producción de bienes dentro de la economía es el intercambio de los mismos, mediante el cual se intercambian productos diferentes del mismo valor (equivalentes) y sin ganancias.

6) Aparte de la economía existe la crematística (enriquecimiento), que se basa en el comercio y en los préstamos financieros, cuyo único objetivo es el lucro. La crematística trastorna la economía en su libre desarrollo, por lo cual impide el cumplimiento de su función.

7) El afán de lucro de la crematística no tiene límites. Su insaciabilidad es antinatural y ofende la vida en sí.

8) La crematística última es la causa del comercio, del robo y de la guerra.

9) La carencia y abundancia, la pobreza y la riqueza surgieron juntos y se producen conjuntamente.

10) La vida es actividad. Sólo una actividad que se realiza para su propio fin trae una satisfacción duradera. La vida que sólo sirve para adquirir dinero no vale la pena.

Hasta aquí los razonamientos de Arno Peters sobre la economía nacional.

Ver Indice del Libro "El socialismo del Siglo XXI"

El juicio sobre el fin de la sociedad burguesa no se basa en apreciaciones subjetivas de este autor, sino en los conocimientos de la ciencia y de la ética (ciencia crítica) sobre lo que podría ser la convivencia humana en la actualidad y lo que es. Ante los “ojos de la razón” (la teoría), las mistificaciones de la burguesía quedan sin efecto y dejan clara su trayectoria histórica: desde su génesis en las acumulaciones originarias del capital y del poder en los siglos XVII y XVIII, su período de “adolescencia” en el siglo XIX, de madurez en el siglo XX, hasta su fase clásica, que se inició al terminar la Segunda Guerra Mundial. Esta última fase, en la cual alcanza su configuración prototípica, marca, al mismo tiempo, su ocaso hacia la civilización postcapitalista.

Para entender este juicio de la ciencia crítica nos tenemos que detener un momento en las razones que lo fundamentan. La ciencia nos ha hecho entender los misterios del universo al darnos explicaciones sobre el por qué de las cosas. Por esas explicaciones sabemos que el ser humano utiliza diferentes sistemas simbólicos, para interpretar la realidad y orientarse en ella, como el sentido común, el pensamiento mágico, el estético y artístico, el filosófico y el religioso, entre otros.

Cada uno de estos sistemas cumple funciones específicas para la sobrevivencia humana, pero únicamente la ciencia tiene la capacidad de proporcionarnos un conocimiento objetivo sobre los fenómenos y, de esta manera, hacernos entender cómo son en realidad. Por ejemplo, si una persona detecta una mancha en su piel y quiere saber si es un melanoma (cáncer), sólo la ciencia (medicina) le puede dar la respuesta y con esta respuesta, posiblemente encontrará un método o remedio para curarse. Y lo que vale para la salud de una persona también vale para la “patología” de una sociedad: sólo la ciencia permite entenderla a fondo y desarrollar, sobre este diagnóstico, programas de cambio viables. Hagamos uso, por lo tanto, de lo que el filósofo Hegel denominaba “los ojos de la razón”, lo que en Marx y Engels aparece como la “filosofía de la praxis” y que nosotros llamamos, simplemente, la ciencia o la ciencia ética.

El avance de las ciencias modernas ha proporcionado un creciente número de conocimientos objetivos acerca de las leyes que determinan el comportamiento de todo lo que existe (universo), incluyendo a la sociedad humana y el individuo. De esos conocimientos, nos interesan para este trabajo, cinco.

1. El universo tiene sólo dos modos de existir: como sustancia (materia) y como energía. Esta propiedad o característica significa que todos los fenómenos, desde una piedra hasta el pensamiento humano, son materia y/o energía y pueden, en última instancia, ser explicados como tales.
2. Todo lo que existe se encuentra en incesante movimiento, es decir, en constante evolución o cambio, tal como observamos en el átomo, la célula, el organismo, las organizaciones humanas y el cosmos, entre otros fenómenos. Excepto la sustancia y la energía, todo lo que observamos en la naturaleza y en la sociedad, es, por consiguiente, pasajero o transitorio. La interrogante acerca de la sociedad burguesa y la economía nacional de mercado no es, por lo tanto, si son fenómenos transitorios o permanentes, sino simplemente:

a) ¿Cuáles son sus tiempos de cambio? y,

b) ¿Qué tipo de civilización los sustituirá? Suponer que las instituciones burguesas no son pasajeras, sino que representan el fin de la evolución humana (Fukuyama) significa caer en el absurdo de afirmar que la sociedad burguesa se encuentra exenta de las leyes ontológicas del universo. Es por esa característica de lo existente que Marx dice que el comunismo como tal no es el punto final de la evolución humana (Ziel der menschlichen Entwicklung), sino sólo la “necesaria figura” de su futuro cercano (después del capitalismo).

3. Los movimientos o comportamientos de la realidad pueden describirse con conceptos de la matemática. Utilizando tales conceptos podemos describir a la evolución con cinco dinámicas diferentes: a) la lineal, b) la no-lineal, c) la probabilística,1 d) la caótica (imprevisible) o, e) una combinación de las cuatro. Las relaciones sociales entre humanos se desarrollan, por lo general, cobre una combinación de esas cuatro dinámicas de comportamiento o evolución. Es el inciso “d” el que explica lo que Marx y Engels entendieron y analizaron como procesos dialécticos y saltos cualitativos en la evolución de la sociedad o, en el plano político, como la dialéctica de reforma y revolución.
Debido a la característica “d” del universo, ciertos procesos de movimiento (evolución) de la naturaleza y de la sociedad pueden —en determinadas fases de su desarrollo o bajo ciertas circunstancias— cambiar la calidad de su comportamiento o su “estado”, es decir, asumir un comportamiento o estado diferente, como cuando el agua se congela y se convierte de un líquido en un sólido, o cuando se calienta y se convierte en un gas. En la filosofía tradicional se expresó este cambio de comportamiento mediante el concepto “salto cualitativo”; en las ciencias sociales y políticas se solía calificar como “revolución” y, en la física moderna se expresa como salto cuántico, cambio de fase o cambio de estado del sistema.


Las implicaciones de este descubrimiento de la ciencia moderna son fundamentales para todo proyecto histórico postcapitalista porque significan:

1. Que el cambio de estado es una legalidad del universo y no sólo de los sistemas sociales humanos, tal como había asumido el concepto y la teoría de la “revolución”, anteriormente;

2. que los procesos revolucionarios o saltos cualitativos no son necesariamente irreversibles, tal como se observa en ciertos procesos de la naturaleza (agua-vaporagua);

3. que, conociendo las condiciones de comportamiento del sistema, es decir, su evolución “normal”, las circunstancias que provocarán un salto cualitativo en su comportamiento son previsibles con cierta probabilidad; 4. que el cambio de estado del sistema (la revolución) puede tener diferentes grados de “ruptura” y, por lo tanto, diferentes grados de continuidad. Un ejemplo natural de este fenómeno es la conversión de agua en vapor, que desde el punto de vista de la física es considerada como un salto cualitativo del sistema (de un líquido a un gas), pero desde el punto de vista de la química, no.
Uno de los múltiples ejemplos sociales de este fenómeno es la revolución de la independencia en América Latina. El salto cualitativo se operó sólo en el subsistema político de la sociedad latinoamericana postcolonial, al desplazar la elite criolla a la elite española dentro la clase dominante, pero no hubo ningún cambio cualitativo en el sistema económico ni en el cultural. Es decir, el peso de la ruptura fue menor que el peso de las fuerzas de permanencia, lo que explica el estancamiento de la transformación y la persistencia del neocolonialismo en Nuestra América.

4. El universo está organizado en sistemas, conjuntos o redes. Esta propiedad significa que no existe nada en la realidad que no forme parte de un sistema mayor. No hay elementos aislados en el universo natural o social. Una persona pertenece a una familia, a una institución de trabajo, a una sociedad nacional, que, a su vez, es un subsistema regional de la economía global, etcétera. Este carácter sistémico del universo es fundamental para su comprensión y tiene que reflejarse adecuadamente en la teoría, tal como sucedió en las obras de los grandes pensadores como Hegel
(“El todo es lo verdadero”), Marx, Engels y Lenin. El movimiento de la luna, por ejemplo, no puede explicarse racionalmente fuera del sistema solar; la evolución de una bacteria es inexplicable fuera del entorno en que se reproduce y el comportamiento humano —desligado de su contexto social— siempre será una incógnita.

5. Por último, todos los elementos que conforman el universo, tienen una identidad particular.
Un átomo, por ejemplo, está definido en su particularidad por su masa, su carga eléctrica y su spin, entre otras propiedades. Un sistema biológico, como un perro, una planta o un ser humano, dispone de un genoma (configuración de genes) que es único en el universo; pero, el ser humano tiene, además de sus propiedades físicas y biológicas singulares, una identidad cultural (software) que le da una particularidad o identidad inconfundible frente a todos los demás humanos. Es esa identidad humana —históricamente analizada en la filosofía política como conciencia del sujeto— que es el pilar fundamental de toda praxis humana y de todo proyecto histórico.

Podemos diferenciar tres tipos de sistemas en el universo, según el grado de organización o complejidad de la materia que los forman: los prebiológicos, con propiedades meramente físicas o físico-químicas, por ejemplo, una piedra; los biológicos, como una planta, una bacteria o un animal que, además de las propiedades físico-químicas tienen una propiedad vital, y los sistemas sociales humanos, como una persona, una familia, una empresa o un Estado que tienen una cuarta propiedad que es la capacidad individual o colectiva de razonar. A estos últimos se llama también propositivos, porque la mente humana tiene la capacidad de planificar racionalmente el futuro del sistema.
La libertad del sujeto para cambiar un determinado sistema, está determinada por cuatro factores: a) la situación de estabilidad o inestabilidad estructural y coyuntural en que se encuentra el sistema en el momento del cambio planeado; b) la dirección de su evolución; c) la dinámica (velocidad) de su evolución; d) la fase del ciclo de vida en el que se encuentra en el momento del cambio.

Todo sistema tiene un ciclo de vida que depende de dos factores: a) de la complejidad de organización de la materia de los entes que lo conforman y, b) de su relación con el entorno. Esto explica, por qué son diferentes los ciclos de vida de un sistema prebiológico, biológico o social humano. Una piedra puede existir cientos de miles de años, un animal máximo alrededor de 180
años y una sociedad humana (como la china), algunos miles de años.

El criterio para determinar en qué fase del ciclo de vida se encuentra un sistema que se pretende cambiar es, para el caso de los elementos meramente físicos, la organización de la materia que los compone, y el entorno. En el caso de una piedra, si está hecha: a) de cantera, granito, mármol, etcétera y, b) si está expuesta al flujo de un río, al sol, al frío y al viento, entre otros factores. En los sistemas biológicos, el ciclo de vida depende de: a) la configuración genética (genoma) que determina los parámetros de existencia (edad) del sistema, por ejemplo, una planta, junto con, b) las condiciones favorables o desfavorables de su medio ambiente.

En las instituciones sociales humanas el ciclo de vida tiene que definirse de otra forma, dado que
no se acaban por descomposición de la materia ni por predisposición genética, sino:

a) en el caso de los subsistemas, por el agotamiento de su capacidad de contribuir a la manutención del sistema superior a que pertenecen;

b) en el caso de los macrosistemas, como una sociedad entera, porque:
bb) pierde el apoyo de sus ciudadanos o, bc) es disuelta por una intervención desde el exterior.

En el caso “a”, el subsistema económico de una sociedad ha terminado su ciclo de vida cuando deja de satisfacer las necesidades básicas de los ciudadanos y, por lo tanto, se vuelve disfuncional para la manutención del sistema en su conjunto. Ejemplos para la pérdida de legitimidad de un sistema socio-político son la República Democrática Alemana (RDA) y para la invasión exterior la agresión de la OTAN contra Yugoslavia que terminó en la separación de Kosovo.

Dicho de otra manera: cuando se agota la viabilidad histórica (historicidad) de un sistema social
establecido, por ejemplo, el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo, el socialismo soviético, se
abren las puertas a un cambio cualitativo en su comportamiento, es decir, a un “cambio de estado” o salto cuántico, ya sea por la vía de la implosión, como en el caso del socialismo soviético; por la vía de la evolución interna o por la destrucción desde el entorno global.

En cuanto a la praxis humana, el concepto de ciclo de vida de un sistema social es de gran importancia, porque decide si un sujeto de cambio aparece en la escena histórica como el Mío Cid o Don Quijote, es decir, como figura heroica o tragicómica.

En enero de 2001, se produjeron dos importantes reuniones internacionales: los amos del capital ecuménico se juntaron en su exclusivo concilio anual en Davos (Suiza), conocido como el Foro Económico Mundial (FEM); al mismo tiempo, los opositores y excluidos de la globalización neoliberal se congregaron en el Foro de Porto Alegre, en el sur de Brasil. Se estableció un puente telefónico entre ambos sujetos sociales, esperando que pudiera haber un diálogo fructífero entre los residentes del mundo y los habitantes del inframundo.

El experimento de ingeniería social fracasó. En lugar del deseado diálogo entre dos actores macrosociales, hubo sendos monólogos entre mundos irreconciliables: el universo de los cinco mil magnates del capital transnacional y de los políticos profesionales del grupo G-7, y el universo de los de abajo, representado por cientos de grupos, movimientos sociales y corrientes políticas de todo el globo. Como ha sucedido a través de toda la historia, el diálogo entre el patricio y el plebeyo, el señor feudal y el siervo, el esclavista y el esclavo, el capitalista y el trabajador, no rindió frutos. No puede rendir frutos porque la división de la humanidad y sus sociedades en una pequeña minoría acaudalada y una masa empobrecida, no es un problema de comprensión o compasión que puede resolverse mediante la comunicación y la pedagogía; sino un problema de intereses y de poder.

El conflicto entre los que tienen y acumulan y aquellos que no tienen y son empobrecidos, no se resolverá por teleconferencias y filantropismo de los ladrones globales, sino sólo por la conquista del poder. La tesis de Davos y las antítesis potenciales de Porto Alegre, de Seattle, del Movimiento de los Sin Tierra (MST), del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), de los múltiples sujetos sociales de resistencia y dignidad en Argentina, de las luchas campesinas del Paraguay, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), del Ejército de Liberación Nacional (ELN), del Movimiento Bolivariano en Venezuela y de la Revolución Cubana, no llevarán a la síntesis de la democracia participativa por medio de la empatía y del convencimiento del “otro”, sino por una acumulación de poder de los excluidos que logre ser superior a la de los explotadores.

La gran interrogante para los de abajo es, por lo tanto, ¿cómo acumular este poder necesario y suficiente, para voltear el mundo sobre la cabeza? ¿Cómo convertir las mayorías en amos de la sociedad global? La respuesta es obvia: mediante el Nuevo Proyecto Histórico (NPH) construido por ellas. Su contenido: la democracia participativa. Este es el tema de este libro.

La mera posibilidad de que aparezca en la arena del poder mundial una propuesta que demuestra el ocaso de la civilización burguesa, y que avanza, al mismo tiempo, las principales instituciones de convivencia y reproducción de la sociedad postcapitalista, activó de inmediato a los guardianes deológicos del sistema. Despertando de su sueño infantil del “fin de la historia”, los intelectuales de la elite ven horrorizados que el relevo histórico de sus amos ya está presente. Si el fantasma que recorría el mundo feudal del siglo XVIII era la democracia formal, el fantasma que recorre el mundo burgués del siglo XXI, es la democracia participativa.

La prohibición Orwelliana de pensar cualquier alternativa al sistema dominante, sólo sirvió por una década como trinchera de defensa en la batalla de las ideas. Tentada en “misiones de reconocimiento” durante las escaramuzas de Seattle y Praga; socavada sublimemente en audaces avances de los movimientos sociales, fue penetrada, finalmente, en el Foro de Porto Alegre, cuando un intelectual de prestigio, Samir Amin, se atrevió a desafiar el dogma proclamando que la única alternativa al caos neoliberal es el socialismo.

Al día siguiente, el intelectual chileno Ariel Dorfman rechazó que en un foro “tan abierto” se planteara que el socialismo fuera la única opción. “Creo que no hay que entrar en ampulosidades grandilocuentes”, dijo Dorfman y recalcó que el Foro de Porto Alegre no era un foro para “un retorno al pasado”. “No puedo decir cuál es la opción viable y creo que ni aquí ni en Davos lo sabemos”, terminó el escritor, enfatizando que es demasiado pronto “para formular un programa único de acción”.1

La polémica entre ambos intelectuales plantea interrogantes que son centrales para el futuro de América Latina en particular y de la sociedad global, en general. Entre ellas: ¿Por qué en un “foro abierto”, organizado por la centro-izquierda del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil y por el equipo directivo de la revista Le Monde Diplomatique de Francia, no se puede plantear que el socialismo es la única opción real frente al neoliberalismo? De la misma manera: ¿Por qué es una “ampulosidad grandilocuente”, tratar el socialismo como única alternativa frente al capitalismo actual? ¿Por qué plantear que el socialismo del tercer milenio es como un “retorno al pasado”? Y, finalmente, ¿Tiene razón Samir Amín cuando afirma que el socialismo es la única alternativa real al neoliberalismo?

Las primeras tres preguntas tendrá que contestarlas Dorfman. En rigor, más que contestarlas tendría que explicar su reacción, un tanto fóbica, ante la propuesta de Amín. La cuarta pregunta, sin embargo, es la que verdaderamente importa. Trataré de contestarla mediante la discusión de tres interrogantes:
1. ¿Ha llegado el momento histórico para construir e implementar un nuevo proyecto socialista, es decir, la democracia real participativa?
2. ¿Existe el socialismo ya como Nuevo Proyecto Histórico, no como “retorno al pasado”, sino como un cuerpo teórico consistente sobre la civilización del futuro, la que Marx llamaba, el reino de la libertad?
3. ¿Fuera del socialismo, existe otra alternativa real al neoliberalismo?
La discusión de estas preguntas se desarrolla en los capítulos dos, cuatro y seis. Antes de iniciar esta discusión es necesario formular una advertencia semántica: utilizaré en este trabajo los términos democracia participativa, nuevo socialismo y Nuevo Proyecto Histórico como sinónimos.

El Socialismo del siglo XXI es un concepto ideado por Heinz Dieterich Steffan, a partir de 1996, y muy difundido desde el 30 de enero de 2005, por el Presidente de Venezuela, Hugo Chávez en ese entonces desde el V Foro Social Mundial. En el marco de la revolución bolivariana, Chávez ha señalado que para llegar a este socialismo habrá una etapa de transición que denomina como Democracia Revolucionaria.
Hugo Chávez expresó “Hemos asumido el compromiso de dirigir la Revolución Bolivariana hacia el socialismo y contribuir a la senda del socialismo, un socialismo del siglo XXI que se basa en la solidaridad, en la fraternidad, en el amor, en la libertad y en la igualdad” en un discurso a mediados de 2006. Además, este socialismo no está predefinido. Más bien, dijo Chávez “debemos transformar el modo de capital y avanzar hacia un nuevo socialismo que se debe construir cada día"
A su juicio por las condiciones presentes en el actual mundo globalizado, esta transición será bastante prolongada. Dentro de este concepto sería definitivamente el socialismo el camino a seguir, contrario al neoliberalismo.
Dice el gobierno venezolano y sus partidarios que habrá que realizar una transformación profunda de la estructura social, económica y política, pero que no se puede pretender acelerar torpemente la dinámica de los cambios estructurales. También se ha hecho un llamado a generar la discusión sobre el tema, para abrir cauces a este sistema de vida propuesto y en proceso de desarrollo en la región.

Introducción:

El primer ciclo de vida de la sociedad moderna está llegando a su fin. Por más de doscientos años, desde la Revolución Francesa (1789) hasta la actualidad, el género humano ha transitado por las dos grandes vías de evolución que tenía a su disposición: el capitalismo y el socialismo histórico (realmente existente). Ninguno de los dos ha logrado resolver los apremiantes problemas de la humanidad, entre ellos: la pobreza, el hambre, la explotación y la opresión de tipo económico, sexista y racista; la destrucción de la naturaleza y la ausencia de la democracia real participativa. Lo que caracteriza nuestra época es, por lo tanto, el agotamiento de los proyectos sociales de la burguesía y del proletariado histórico, y la apertura de la sociedad global hacia una nueva civilización: la democracia participativa.

Cuando la burguesía plasmó su proyecto histórico —que le permitió fungir durante dos siglos como clase hegemónica de la sociedad global— lo hizo descansar sobre cuatro ejes teóricoprácticos:
La economía nacional de mercado, basada en el valor de cambio; la democracia formalplutocrática; el Estado clasista y el sujeto liberal.
Los partidos obreros, en su variante más radical, configuraron su proyecto histórico también en torno a cuatro elementos constitutivos: la economía no-mercantil, basada en el valor de uso; la democracia real participativa; el Estado democrático y el sujeto racional-ético autodeterminado.
A inicios del siglo XX, la corriente socialdemócrata del movimiento se adhirió al proyecto de la burguesía.

Sin embargo, en el plano de los hechos, las sociedades construidas por los respectivos protagonistas mostraron, posiblemente, tantas similitudes como diferencias; debido a que sus fuerzas formativas estuvieron sometidas a condiciones objetivas de desarrollo muy parecidas, tales como la acumulación de capital, la producción industrial a gran escala (Fordismo), la economía mercantil (el mercado) y el Estado vertical.

Hoy día, la arena de la historia donde ambos sujetos sociales se enfrentaron con sus respectivos planes y tropas de batalla, se encuentra despejada de nuevo, hecho que permite vislumbrar los grandes acontecimientos del futuro. Nadie, quien entienda esta primera etapa de la sociedad moderna, creerá que el capitalismo pueda ser un sistema del futuro que dé a la humanidad las banderas que esta reclama: paz, democracia real y justicia social. Y nadie que sea realista, se atrevería a pensar que lo que fue el socialismo “realmente existente” sirva todavía para aglutinar una alternativa mundial, capaz de superar al capitalismo mediante un movimiento de masas.
Despejada la arena de los protagonistas del pasado —si bien, no de sus problemáticas originales— la historia ha dado luz verde a la segunda etapa de la modernidad que gira en torno a la solución de las tareas, que los protagonistas anteriores no pudieron resolver: la construcción de las cuatro instituciones constitutivas de la nueva civilización, que no nacen del pensamiento filantrópico, sino de las lecciones de la praxis social de los últimos siglos, de los nuevos conocimientos de la ciencia avanzada y del desarrollo de la tecnología productiva. Publicar este libro con el título El Socialismo del Siglo XXI, a poco más de una década de la caída del muro de Berlín, no es, por lo tanto, un acto utópico o de nostalgia. No hay frivolidad ni utopismo ni falta de memoria histórica en su creación. Son los propios tiempos de la evolución social que marcan su aparición. El más poderoso indicador del agotamiento estructural de la civilización burguesa es la realidad creada a su imagen, en la cual la existencia humana carece cada vez más de un sentido de vivir.
Abrumado por la angustia existencial y cotidiana de su reproducción precaria, sin trascendencia espiritual más allá del consumismo trivializador, el enajenado sujeto no puede remediar su situación dentro de la sociedad burguesa, sino sólo en un un tipo de convivencia cualitativamente diferente, como es la democracia participativa.

Los saltos cualitativos en la evolución de la humanidad se dan a través de los proyectos históricos que los grandes sujetos sociales desarrollan e implementan. La lucha de los contrarios a lo largo de la historia ha sido esto: el enfrentamiento de los futuros posibles visionados por las clases principales de la sociedad. La clase o el sujeto social que no tenga una visión sistematizada
del futuro —su proyecto histórico— no será dueño de su porvenir, sino servidor de los triunfadores.

Esperamos que este pequeño esfuerzo ayude a que los de abajo se encuentren con la teoría y que los teóricos se encuentren con los de abajo, para construir entre todos el nuevo sujeto de la emancipación universal.
Siguiente:
Polémica por el nuevo socialismo

Autor: Heinz Dieterich. El Socialismo del Siglo XXI

1. Polémica por el nuevo socialismo

2. Fin de la civilización burguesa
2.1 Ciencia y nuevo socialismo

2.2 Agotamiento estructural de las instituciones burguesas
2.2.1 La economía nacional de mercado
2.2.2 La democracia formal
2.2.3 El Estado clasista
2.2.4 El sujeto burgués

2.3 El reino de la libertad se hace posible
2.3.1 El conocimiento científico sobre el ser humano
2.3.2 La sociedad como Sistema Dinámico Complejo
2.3.3 La productividad del trabajo

2.4 El “genoma” de la historia

3. El proyecto histórico de Marx: Democracia participativa (socialismo), siglo XIX
3.1 Los proyectos históricos: motor de la historia
3.2 Bases teóricas del proyecto de Marx
3.3 Imposibilidad histórica del proyecto
3.4 Estancamiento teórico del proyecto

4. El nuevo proyecto histórico: Democracia participativa Socialismo de Siglo XXI
4.1 La economía planificada de equivalencias
4.2 Democracia directa
4.3 El sujeto racional-ético-estético
4.4 Institucionalidad burguesa versus participativa


5. La fase de transición al nuevo socialismo
5.1 El sistema global de dominación
5.2 El sistema global de emancipación
5.3 Los sujetos de cambio
5.4 El valor del trabajo
5.5 Trabajo complejo

6. Programa de transición latinoamericana al nuevo socialismo
6.1 Consideraciones generales
6.2 Estrategia del Bloque Regional de Poder (BRP)

7. ¿Cómo participar en el nuevo proyecto histórico?

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