La marcha triunfal del valor de cambio por la historia, dinamizada hace siete mil años con el paso del trueque al comercio, para después avanzar sobre hecatombes de víctimas del “progreso” de la civilización, se acerca a su fin. En su última etapa, desde hace doscientos años, el capitalismo moderno ha revolucionado incesantemente las fuerzas productivas y las relaciones sociales. Pero no paró ahí. Generó la correspondencia antropológica que requería su modo de producción: el ser humano, funcional a sus intereses, como productor de mercancías y realizador de la plusvalía.

El más preciado don de la humanidad, la razón, está siendo despojado de todos los elementos críticos, para quedar en un estado puramente instrumental. Por más criminales y amorales que sean los fines, la razón instrumental está a su servicio, con la única función de aportar los medios: desde el robo cotidiano de la plusvalía del trabajador, hasta la matanza científica de los opositores en el inframundo de la aldea global.
La ética de la convivencia cívica y solidaria ha sido desplazada por la moral del más fuerte, que justifica la agonía de la mitad del género humano, en aras de su “incapacidad” para competir en el moderno circo romano que es el mercado mundial. Se repite el panem et circenses (pan y circo) de los emperadores romanos, pero sólo a medias, porque a diferencia del proletariado urbano romano, el de la sociedad global carece del pan que el imperio supo proporcionarle a aquellos que hace dos mil años calificaba como ciudadanos sin ingresos ni profesión.

En el capitalismo, el mercado es la continuación de la guerra por otros medios y la competencia sin misericordia es la laudatio a la destrucción del otro, porque se dirige hacia la aniquilación de sus medios económicos de reproducción. Está fundamentación de la sociedad capitalista sobre un
principio eminentemente destructivo y antisolidario que amenaza permanentemente la misma existencia (el trabajo y la pequeña propiedad) de los ciudadanos, produce con férrea necesidad las relaciones sociales y el tipo de persona que describe Hobbes en su Leviatán.

La absolutización y mistificación del mercado, su verdadera transubstanciación en Malthus y sus correligionarios actuales, constituyen la base de una nueva y reaccionaria metafísica. El contrato social de Rousseau es sustituido por la nueva referencia metafísica, el mercado, investido con los atributos del dios Jahvé del Viejo Testamento, con su incomprensible brutalidad y omnipotencia.

Cuando alguien pierde la base de su existencia “burguesa” —su trabajo o medios de subsistencia— la culpa es del mercado mundial. Si un joven no encuentra un empleo o un lugar en la educación superior, se debe a que no es “competitivo” en el mercado. Si un trabajador tiene cincuenta años y ya no es “productivo”, tiene que aceptar esta condena del mercado y convertirse en desempleado, a la manera de la sentencia de un dios agnóstico o una inquisición anónima que ha decidido en su contra, y que no le deja ninguna instancia de apelación. El ciego destino de la tragedia griega o de la ira del dios todopoderoso que convierte sujetos individuales como pueblos enteros (los del Tercer Mundo) en polvo, se llama hoy día “mercado”.

La oferta “socializadora” del capitalismo consiste en el retroceso incondicional del sujeto — única entidad del universo dotada de razón— y su postración ante la ley del valor, que impone sus intereses bajo la doble máscara ideológica de las “decisiones del mercado” y de la “filosofía” socialdarwinista. Se trata de la peor ofensiva contra el sujeto y la utopía —que han sido la esencia de la dinámica del progreso histórico desde hace dos mil años— desde los regímenes totalitarios de los años treinta.

El mercado como sistema autorregulado y anónimo (cibernético) —como lo plantean los ideólogos del capital— es, por supuesto, un código propagandístico que sólo existe en la teología de los economistas burgueses. El nuevo dios, supuestamente incógnito y todopoderoso en sus decisiones, que ellos llaman “mercado mundial”, es tan identificable como el viejo Jahvé. No anda en huaraches ni con barba bíblica, sino en Mercedes Benz y con trajes de Armani. Su decálogo no tiene diez mandamientos, sino uno solo: la tasa de ganancia. Su casa sagrada es la bolsa de valores y su residencia terrenal son las mansiones de los barrios altos de la burguesía. Y sí, hay causantes y culpables concretos de los horrores que conjura contra la humanidad. Son los cinco mil multimillonarios y los políticos profesionales a su servicio, que son responsables del infierno dantesco que viven miles de millones de seres humanos. Es esa elite plutocrática global cuyas decisiones de inversión en búsqueda de la máxima ganancia, determinan las tasas de desempleo, de hambre, de destrucción ecológica, de deuda externa y de los conflictos bélicos. Nada de anónimo ni todopoderoso ni cibernético, tiene el mercado que pulveriza al individuo. En cambio, todo lo tiene de un régimen antidemocrático y antiético construido y operado por una oligarquía mundial.

La economía nacional de mercado capitalista reduce al homo sapiens a homo oeconomicus; al status de capital humano, como dicen acertadamente sus economistas. No es más que una forma de aparición del capital, que coexiste al lado de sus hermanos gemelos: el capital fijo (tecnología) y el capital monetario. De esta manera, el sistema y sus mandarines confirman lo que Marx expresó con diáfana claridad hace ciento cincuenta años: el ser humano es, y no puede ser otra cosa, para el burgués, que capital variable: una concreción pasajera en una perenne relación de explotación social.

La disolución definitiva de la solidaridad y la conciencia histórica —últimos baluartes de los pobres— es la condición necesaria para la implementación definitiva de la utopía del mercado total y el regreso de las mayorías tercermundistas al estado mental paleolítico de la evolución, donde la infancia de la razón condenaba al homo sapiens a una existencia doblemente esclava: la de las fuerzas objetivas y la de sus proyecciones subjetivistas, no comprendidas.

Incipit vita nuova (“empieza la vida nueva”) es la bandera y filosofía de los arquitectos que modelan el nuevo mundo según su imagen: inversionistas, ejecutivos, especuladores y políticos trasnacionales quienes a semejanza de la génesis bíblica están construyendo la nueva casa del hombre mediante un proceso autocrático, a espaldas de todo control democrático de la población mundial. Pero, lo que está en juego es el futuro de la humanidad y este futuro no puede depender de mentes utilitaristas e intereses mezquinos que confunden sus éxitos de explotación, con la predestinación divina y la ley del valor con la esencia humana.

La destrucción del sujeto en la sociedad burguesa es inevitable. Lo que los filósofos de la Escuela de Frankfurt, Adorno, Horkheimer y otros, deploraron hace siete décadas, es la consecuencia lógica de la disfuncionalidad del ciudadano crítico frente al entorno institucional del sistema. Ante la creciente contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas, la riqueza social —que por primera vez hace posible la plena autodeterminación y realización racional, ética y estética del sujeto— y la camisa de fuerza de la democracia plutocrática-formal del sistema, la atrofía del sujeto como ente consciente es indispensable para impedir su rebelión masiva contra este sistema.

El sujeto prometéico se vuelve obstáculo y peligro para el capitalismo global, porque entiende lo que es y lo que podría ser. Ve que el sistema le roba la vida y reacciona frente al robo. Y en la medida en que se agudiza la contradicción entre la abundancia material del nuevo milenio, las restricciones de la democracia formal y las necesidades y anhelos del sujeto, incrementa la disposición de la gente a luchar por un cambio cualitativo. Y al no poder democratizar la economía ni la democracia burguesa, la conclusión del sujeto será obvia: la necesidad de otra civilización.

La burguesía descansa sobre una bomba de tiempo. Cuando estalle, será sustituida por gobiernos que le devuelvan al ciudadano el futuro robado.

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