En enero de 2001, se produjeron dos importantes reuniones internacionales: los amos del capital ecuménico se juntaron en su exclusivo concilio anual en Davos (Suiza), conocido como el Foro Económico Mundial (FEM); al mismo tiempo, los opositores y excluidos de la globalización neoliberal se congregaron en el Foro de Porto Alegre, en el sur de Brasil. Se estableció un puente telefónico entre ambos sujetos sociales, esperando que pudiera haber un diálogo fructífero entre los residentes del mundo y los habitantes del inframundo.

El experimento de ingeniería social fracasó. En lugar del deseado diálogo entre dos actores macrosociales, hubo sendos monólogos entre mundos irreconciliables: el universo de los cinco mil magnates del capital transnacional y de los políticos profesionales del grupo G-7, y el universo de los de abajo, representado por cientos de grupos, movimientos sociales y corrientes políticas de todo el globo. Como ha sucedido a través de toda la historia, el diálogo entre el patricio y el plebeyo, el señor feudal y el siervo, el esclavista y el esclavo, el capitalista y el trabajador, no rindió frutos. No puede rendir frutos porque la división de la humanidad y sus sociedades en una pequeña minoría acaudalada y una masa empobrecida, no es un problema de comprensión o compasión que puede resolverse mediante la comunicación y la pedagogía; sino un problema de intereses y de poder.

El conflicto entre los que tienen y acumulan y aquellos que no tienen y son empobrecidos, no se resolverá por teleconferencias y filantropismo de los ladrones globales, sino sólo por la conquista del poder. La tesis de Davos y las antítesis potenciales de Porto Alegre, de Seattle, del Movimiento de los Sin Tierra (MST), del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), de los múltiples sujetos sociales de resistencia y dignidad en Argentina, de las luchas campesinas del Paraguay, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), del Ejército de Liberación Nacional (ELN), del Movimiento Bolivariano en Venezuela y de la Revolución Cubana, no llevarán a la síntesis de la democracia participativa por medio de la empatía y del convencimiento del “otro”, sino por una acumulación de poder de los excluidos que logre ser superior a la de los explotadores.

La gran interrogante para los de abajo es, por lo tanto, ¿cómo acumular este poder necesario y suficiente, para voltear el mundo sobre la cabeza? ¿Cómo convertir las mayorías en amos de la sociedad global? La respuesta es obvia: mediante el Nuevo Proyecto Histórico (NPH) construido por ellas. Su contenido: la democracia participativa. Este es el tema de este libro.

La mera posibilidad de que aparezca en la arena del poder mundial una propuesta que demuestra el ocaso de la civilización burguesa, y que avanza, al mismo tiempo, las principales instituciones de convivencia y reproducción de la sociedad postcapitalista, activó de inmediato a los guardianes deológicos del sistema. Despertando de su sueño infantil del “fin de la historia”, los intelectuales de la elite ven horrorizados que el relevo histórico de sus amos ya está presente. Si el fantasma que recorría el mundo feudal del siglo XVIII era la democracia formal, el fantasma que recorre el mundo burgués del siglo XXI, es la democracia participativa.

La prohibición Orwelliana de pensar cualquier alternativa al sistema dominante, sólo sirvió por una década como trinchera de defensa en la batalla de las ideas. Tentada en “misiones de reconocimiento” durante las escaramuzas de Seattle y Praga; socavada sublimemente en audaces avances de los movimientos sociales, fue penetrada, finalmente, en el Foro de Porto Alegre, cuando un intelectual de prestigio, Samir Amin, se atrevió a desafiar el dogma proclamando que la única alternativa al caos neoliberal es el socialismo.

Al día siguiente, el intelectual chileno Ariel Dorfman rechazó que en un foro “tan abierto” se planteara que el socialismo fuera la única opción. “Creo que no hay que entrar en ampulosidades grandilocuentes”, dijo Dorfman y recalcó que el Foro de Porto Alegre no era un foro para “un retorno al pasado”. “No puedo decir cuál es la opción viable y creo que ni aquí ni en Davos lo sabemos”, terminó el escritor, enfatizando que es demasiado pronto “para formular un programa único de acción”.1

La polémica entre ambos intelectuales plantea interrogantes que son centrales para el futuro de América Latina en particular y de la sociedad global, en general. Entre ellas: ¿Por qué en un “foro abierto”, organizado por la centro-izquierda del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil y por el equipo directivo de la revista Le Monde Diplomatique de Francia, no se puede plantear que el socialismo es la única opción real frente al neoliberalismo? De la misma manera: ¿Por qué es una “ampulosidad grandilocuente”, tratar el socialismo como única alternativa frente al capitalismo actual? ¿Por qué plantear que el socialismo del tercer milenio es como un “retorno al pasado”? Y, finalmente, ¿Tiene razón Samir Amín cuando afirma que el socialismo es la única alternativa real al neoliberalismo?

Las primeras tres preguntas tendrá que contestarlas Dorfman. En rigor, más que contestarlas tendría que explicar su reacción, un tanto fóbica, ante la propuesta de Amín. La cuarta pregunta, sin embargo, es la que verdaderamente importa. Trataré de contestarla mediante la discusión de tres interrogantes:
1. ¿Ha llegado el momento histórico para construir e implementar un nuevo proyecto socialista, es decir, la democracia real participativa?
2. ¿Existe el socialismo ya como Nuevo Proyecto Histórico, no como “retorno al pasado”, sino como un cuerpo teórico consistente sobre la civilización del futuro, la que Marx llamaba, el reino de la libertad?
3. ¿Fuera del socialismo, existe otra alternativa real al neoliberalismo?
La discusión de estas preguntas se desarrolla en los capítulos dos, cuatro y seis. Antes de iniciar esta discusión es necesario formular una advertencia semántica: utilizaré en este trabajo los términos democracia participativa, nuevo socialismo y Nuevo Proyecto Histórico como sinónimos.

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